"Ésta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que herviría para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita."

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.

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miércoles, 5 de diciembre de 2018

PERSONAJES INOLVIDABLES. ANA DE LAS TEJAS VERDES, DE LUCY MADU MONTGOMERY.



Estimados Macondovisitantes:

Hoy, 5 de diciembre, nuestra sección de Personajes Inolvidables se centrará en el personaje principal de Lucy Maud Montgomery, Ana Shirley, conocida como Ana, la de las Tejas Verdes.

Sinopsis de la obra: 
Cuando en lugar del chico huérfano que pretendían adoptar, Ana Shirley, una niña pelirroja de once años, aparece en las vidas de Marilla y Matthew Cuthbert, dos hermanos solteros que viven en su casa familiar de Tejas Verdes, en el pequeño pueblo de Avonlea, sus vidas y las de cuantos la rodean cambiarán para siempre. Con su vivacidad, risas y lágrimas, y sobre todo su alegría e imaginación, Ana conseguirá formar parte, por primera vez en su vida, de una familia, y tener un lugar al que podrá llamar hogar para siempre.

Ambientada a principios del siglo XX, en un lugar tan mágico como Prince Edward Island, en Canadá, Ana, la de Tejas Verdes nos llevará a través de los ojos de esta despierta e inocente niña a sentir el mundo como algo totalmente nuevo, a emocionarnos y reirnos con sus ocurrencias, y en definitiva, a ver la vida desde un prisma más positivo y estimulante. Esta obra, al igual que toda la serie de Ana Shirley, conjuga los valores de la vida rural y la familia con las cuestiones universales que todos nos plantearnos en algún momento, como la pertenencia a una tierra, el valor de la amistad o la esencia del amor.

lunes, 26 de noviembre de 2018

PERSONAJES INOLVIDABLES. MARCO, DE EDMUNDO DE AMICIS


Estimados Macondovisitantes:

Hoy, 26 de noviembre de 2018, nos centraremos en el personaje emblemático e inolvidable de Edmundo de Amicis. Nos referimos a Marco, personaje principal del relato breve "De los Apeninos a los Andes". 

El enlace de la canción es el siguiente: 

 ¿Quién fue Edmundo de Amicis?
Edmundo de Amicis (Oneglia, Italia, 21 de octubre de 1846 - Bordighera, Italia, 11 de marzo de 1908) fue un escritor italiano, novelista y autor de libros de viajes. Tuvo suprimer contacto con la literatura en Cuneo. Estudió en un liceo de Turín. Entró a los dieciséis años en la Academia Militar de Módena, donde obtuvo el título de oficial. Con esta categoría participa en la batalla de Custoza de 1866. Luego se haría viajero y escritor, reflejando en sus obras las vivencias de sus viajes. Su obra se caracteriza por la mezcla del romanticismo y el realismo con un propósito altamente ético en el sentido de orientar al lector siempre hacia el bien.
Marruecos (1876), España (1873), Holanda (1874), son algunos de los numerosos libros de viajes que alcanzaron también éxito por la facilidad demostrada para describir rápidamente los lugares y costumbres que se ofrecen ante su vista. Posteriormente, escribió su novela Los amigos (Gli amici, 1883).
De Amicis más tarde se uniría al Partido Socialista, en cuyo periódico Il Grido del Popolo publicó artículos que luego reunió en su libro Cuestión social (Questione sociale, 1894), sobre el cual dictó varias conferencias. Vuelve a la actividad literaria con Novela de un maestro (1890), cuyo estilo, diferente al empleado en sus obras anteriores, según ciertos críticos fue amargo y desencantado. Su siguiente trabajo, L'idioma gentile(1905), fue una apología no solo de la lengua italiana, sino también de las tradiciones y cultura de su país.
Anteriormente, publicó en 1886 su obra, tal vez la mejor conocida, Corazón concebida en la forma de diario personal de un niño, Enrique, a través de su año escolar como alumno de tercer grado en una escuela municipal de Turín, alternado con narraciones de tono emotivo. Fue traducida a múltiples idiomas y llevada al cine y la televisión y posteriormente en forma de dibujos animados en la serie japonesa Marco, de los Apeninos a los Andes, inspirada en la narración interpolada en este libro denominada De los Apeninos a los Andes.
 A continuación, os pasamos el relato completo de Edmundo de Amicis, Marco, de los Apeninos a los Andes.
Hace mucho tiempo un muchacho genovés, de trece años, hijo de un obrero, viajó desde Génova hasta América sólo para buscar a su madre.
Ella se había ido dos años antes a Buenos Aires, capital de Argentina, para ponerse al servicio de alguna casa rica y ganar así, en poco tiempo, el dinero necesario para levantar a la familia, la cual, por efecto de varias desgracias, había caído en la pobreza y tenía muchas deudas. No son pocas las mujeres animosas que hacen tan largo viaje con aquel objetivo. Gracias a los buenos salarios que allí encuentran las personas que se dedican a servir, éstas vuelven a su patria, al cabo de algunos años, con algunos miles de pesos.
La pobre madre había llorado lágrimas de sangre al separarse de sus hijos, uno de dieciocho años y otro de once; pero marchó muy animada y con el corazón lleno de esperanzas. El viaje fue feliz; apenas llegó a Buenos Aires encontró en seguida, por medio de un comerciante genovés, primo de su marido, establecido allí desde hacía mucho tiempo, una excelente familia del país, que le daba buen salario y la trataba bien.
Por algún tiempo mantuvo con los suyos una correspondencia regular. Como habían convenido entre sí, el marido dirigía las cartas al primo, quien las entregaba a la mujer; ésta, a su vez, le daba las contestaciones para que las mandase a Génova, escribiendo él, por su parte, algunos renglones. Ganaba ochenta pesos al mes, y como no gastaba nada en ella, enviaba a su casa, cada tres meses, una buena suma, con la cual el marido, que era un hombre de bien, iba pagando poco a poco las deudas más urgentes y adquiriendo así buena reputación. Entre tanto, trabajaba y estaba contento con lo que hacía; pero también esperaba que su mujer volviera dentro de poco, pues la casa parecía que estaba como en sombra desde que ella faltaba, y el hijo menor, que quería mucho a su madre, se entristecía y no podía resignarse a su ausencia.
Pero transcurrido un año desde la marcha, después de una carta breve en la que decía no estar bien de salud, no se recibieron más. Escribieron dos veces al primo, y éste no contestó. Escribieron, también, a la familia del país donde estaba sirviendo la mujer; pero sospecharon que no llegaría la carta, porque habían equivocado el nombre en el sobre, y, en efecto, no tuvieron contestación.
Temiendo una desgracia, se dirigieron al consulado italiano de Buenos Aires, pidiéndole que hiciese investigaciones; después de tres meses, les contestó el cónsul: a pesar del anuncio publicado en los periódicos, nadie se había presentado, ni para dar noticias. Y no podía suceder de otro modo, entre otras razones, por ésta: que con la idea de salvar el decoro de su familia, que creía manchar trabajando como criada, la buena mujer no había dicho a la familia argentina su verdadero nombre.
Pasaron otros meses sin que tampoco hubiera ninguna noticia. Padre e hijos estaban consternados; el más pequeño se sentía oprimido por una tristeza que no podía vencer. ¿Qué hacer? ¿A quién recurrir? La primera idea del padre fue marcharse a buscar a su mujer a América. Pero ¿y el trabajo? ¿Quién sostendría a sus hijos? Tampoco podía marchar el hijo mayor, porque comenzaba entonces a ganar algo y era necesario para la familia. En este afán vivían, repitiendo todos los días las mismas conversaciones dolorosas o mirándose unos a otros en silencio. Una noche, Marcos, el más pequeño, dijo resueltamente:
–Voy a América a buscar a mi madre.
El padre movió la cabeza tristemente, y no respondió. Era un buen pensamiento, pero impracticable. ¡A los trece años, solo, hacer un viaje a América, cuando se necesitaba un mes para llegar! Pero el muchacho insistió pacientemente. Insistió aquel día, el siguiente, todos los días, con gran parsimonia, y razonando como un hombre.
–Otros han ido –decía–, más pequeños que yo. Una vez que esté en el barco, llegaré allí como los demás, y no tendré más que buscar la casa del tío. Como hay allá tantos italianos, alguno me enseñará la calle. Encontrando al tío, encuentro a mi madre, y si no la encuentro, buscaré al cónsul y a la familia argentina. Haya ocurrido lo que haya ocurrido hay allí trabajo para todos; yo también encontraré una ocupación que me permita, al menos, ganar lo suficiente para volver a casa.
Y así, poco a poco, casi llegó a convencer a su padre. Éste lo apreciaba, sabía que tenía juicio y ánimo, que estaba acostumbrado a las privaciones y los sacrificios, que todas estas buenas cualidades reforzaban su decisión de buscar a su madre, a quien adoraba. Sucedió también que cierto comandante de un buque mercante amigo de un conocido suyo, habiendo oído hablar del asunto, se empeñó en ofrecerle, gratis, un billete de tercera clase para ir a Argentina. Entonces, después de nuevas vacilaciones, el padre consintió y se decidió el viaje. Llenaron de ropa un pequeño baúl, le pusieron algunas liras en el bolsillo, le dieron las señas del tío, y una hermosa tarde del mes de abril lo embarcaron.
–Marcos, hijo mío –le dijo el padre, dándole el último beso con lágrimas en los ojos, sobre la escalerilla del buque que estaba por salir–: ¡Ten ánimo, vas con un fin santo; Dios te ayudará!
¡Pobre Marcos! Tenía corazón esforzado y estaba preparado también para las más duras pruebas de aquel viaje; pero cuando vio desaparecer del horizonte la hermosa Génova y se encontró en alta mar, sobre aquel gran navío lleno de compatriotas que emigraban, solo, desconocido de todos, con aquel pequeño baúl que encerraba toda su fortuna, le asaltó un repentino desánimo.
Dos días permaneció arrinconado en la proa, como un perro, casi sin comer y sintiendo gran necesidad de llorar. Toda clase de tristes pensamientos lo asaltaban, y el más triste, el más terrible era el que más se apoderada de él: el pensamiento de que hubiese muerto su madre. En sus sueños interrumpidos y penosos, veía siempre la faz de un desconocido que lo miraba con aire de compasión, y después le decía al oído: ¡Tu madre ha muerto! Y entonces se despertaba ahogando un grito.
Al fin, pasado el estrecho de Gibraltar, en cuanto vio el océano Atlántico, tomó un poco de ánimo y cobró esperanzas. Pero fue un breve alivio. Aquel inmenso mar, igual siempre, el creciente calor, la tristeza de toda aquella pobre gente que lo rodeaba, el sentimiento de la propia soledad, volvieron a echar por tierra sus pasados bríos.
Los días se sucedían tristes y monótonos, confundiéndose unos con otros en la memoria, como les sucede a los enfermos. Le parecía que hacía ya un año que estaba en el mar. Cada mañana, al despertar, experimentaba un nuevo estupor encontrándose allí solo, en medio de aquella inmensidad de agua, viajando hacia América.
Los hermosos peces voladores que caían a cada instante en el barco; aquellas admirables puestas de sol de los trópicos con esas inmensas nubes color de fuego y sangre; aquellas fosforescencias nocturnas, que hacían que todo el océano apareciera encendido como un mar de lava, no le hacían el efecto de cosas reales, sino más bien de fantasmas vistos en el sueño.
Hubo días de mal tiempo, durante los cuales permaneció encerrado continuamente en el camarote, donde todo bailaba y se caía, en medio de un coro espantoso de quejidos e imprecaciones, y creía que había llegado su última hora. Hubo otros días de mar tranquilo y amarillento, de calor insoportable e infinitamente aburridos; horas interminables y siniestras, durante las cuales los pasajeros, encerrados, tendidos inmóviles sobre las tablas, parecían muertos. Y el viaje no acababa nunca: mar y cielo, cielo y mar hoy como ayer, mañana como hoy, siempre, eternamente.
Y él se pasaba las horas apoyado en la borda y mirando aquel mar sin fin, aturdido, pensando vagamente en su madre hasta que los ojos se le cerraban y la cabeza se le caía, rendida por el sueño; y entonces volvía a ver aquella cara desconocida que lo miraba con aire de lástima y le repetía al oído: ¡Tu madre ha muerto! Y aquella voz lo despertaba sobresaltado para volver a soñar con los ojos abiertos y mirando el inalterable horizonte.
Veintisiete días duró el viaje. Pero los últimos fueron los mejores. El tiempo estaba bueno y era fresco el aire. Había entablado relaciones con un buen viejo lombardo que iba a América a reunirse con su hijo, labrador de la ciudad de Rosario; le había contado todo lo que ocurría en su casa, y el viejo, a cada instante, le repetía, dándole palmaditas en el cuello:
–¡Ánimo, muchachito!, tú encontrarás a tu madre sana y contenta.
Aquella compañía lo animaba, y sus presentimientos, de tristes, se habían tornado alegres. Sentado en la proa, al lado del viejo labrador que fumaba en pipa, bajo un hermoso cielo estrellado, en medio de grupos de emigrantes que cantaban, se representaba mil veces en su pensamiento su llegada a Buenos Aires: se veía en una calle, encontraba la tienda, se echaba en brazos del tío: ¿Cómo está mi madre? ¿Dónde está? ¡Vamos en seguida! En seguida vamos. Corrían juntos, subían una escalera, se abría una puerta… Y aquí el sordo soliloquio se detenía, se perdía su imaginación en un sentimiento de inexplicable ternura que le hacía sacar, a escondidas, una medallita que llevaba al cuello y murmurar, besándola, sus oraciones.
El vigesimoséptimo día después de la salida, llegaron. Era una hermosa mañana de mayo cuando el buque echó el ancla en el inmenso río de la Plata, sobre una orilla en la cual se extiende la vasta ciudad de Buenos Aires, capital argentina. Aquel tiempo espléndido le pareció de buen agüero. Estaba fuera de sí de alegría y de impaciencia. ¡Su madre se hallaba a pocas millas de distancia de él! ¡Dentro de pocas horas la habría ya visto! ¡Y él se encontraba en América, en el Nuevo Mundo; y había tenido el atrevimiento de ir allí solo! Todo aquel larguísimo viaje le parecía, entonces, que había pasado en un momento.
Le parecía haber volado, soñando, y haber despertado entonces. Y era tan feliz, que casi no se sorprendió ni se afligió cuando se registró los bolsillos y se encontró una sola de las dos partes en que había dividido su pequeño tesoro, para estar seguro de no perderlo todo. Le habían robado la mitad, no le quedaban más que unas pocas liras; pero, ¿qué le importaba ya, estando tan cerca de su madre? Con su baúl al hombro, pasó, con otros muchos italianos, a un vaporcito que lo llevó a poca distancia de la orilla; saltó del vaporcito a una lancha que llevaba el nombre de Andrea Doria, desembarcó en el muelle, se despidió de su viejo amigo lombardo y se dirigió de prisa a la ciudad.
Llegado a la desembocadura de la primera calle que encontró, detuvo a un hombre que pasaba y le rogó le indicase qué dirección debía tomar para ir a la calle de las Artes. Por casualidad, se había encontrado con un obrero italiano. Éste lo miró con curiosidad, y le preguntó si sabía leer. El muchacho contestó que sí.
–Pues bien –le dijo el obrero, indicándole la calle de que salía–, sube derecho, leyendo siempre los nombres de las calles en todas las esquinas y acabarás por encontrar la que buscas.
El muchacho le dio las gracias, y siguió adelante por la calle que le indicaron.
Era una calle recta y larga, pero estrecha, flanqueada por casas bajas y blancas que parecían otras tantas casitas de campo; llenas de gente, de coches, de carros, que producían un ruido ensordecedor; aquí y allá se izaban inmensas banderas de varios colores en las que había escritos, en gruesos caracteres, anuncios de salidas de vapores para ciudades desconocidas. A cada instante, volviéndose a derecha e izquierda, veía otras calles que parecían tiradas a cordel, flanqueadas de casas, también blancas y bajas, llenas de gente y de carruajes, y situadas en el mismo plano de la extensa llanura americana, semejante al horizonte del mar.
La ciudad le parecía infinita; creía que se podían pasar días y semanas viendo siempre, aquí y allá, otras calles como aquéllas, y que toda América estaba formada así. Miraba atentamente los nombres de las calles; nombres raros, que le costaba trabajo leer. A cada calle nueva que divisaba, sentía que le latía más de prisa el corazón, pensando que fuese la que buscaba.
Miraba a todas las mujeres con la idea de encontrar a su madre. Vio una delante de sí, y le dio una sacudida el corazón; la alcanzó, la miró: era una negra. Y seguía andando, apretando el paso; llegó a una plazoleta, leyó y quedó como clavado en la acera. Era la calle de las Artes. Volvió, vio el número 117; la tienda del tío era el número 175. Apretó más el paso, casi corría; en el número 171 tuvo que detenerse para tornar aliento, diciendo para sí: ¡Ah, madre mía! ¿Es verdad que te veré dentro de un instante? Corrió más: llegó a una pequeña tienda de quincalla. Ésa era. Se asomó. Vio a una señora con el pelo gris y anteojos.
–¿Qué quieres, niño? –le preguntó aquélla en español.
–¿No es ésta –dijo el muchacho, procurando echar fuera la voz– la tienda de Francisco Merelo?
–Francisco Merelo murió –respondió la señora en italiano.
El chico recibió una fuerte impresión al oírlo.
–¿Cuándo murió?
–¡Oh! Hace tiempo –respondió la señora–; algunos meses; tuvo malos negocios, y se fue. Dicen que se fue a Bahía Blanca, muy lejos de aquí, y murió apenas llegó allá. La tienda es mía.
El muchacho palideció.
Después dijo precipitadamente:
–Merelo conocía a mi madre; ella estaba aquí sirviendo en casa del señor Mequínez. Sólo él podría decirme dónde está. He venido a América a buscar a mi madre. Merelo le mandaba las cartas. Necesito encontrar a mi madre.
–Hijo mío –respondió la señora–, yo no sé de eso. Puedo preguntarle al muchacho del corral, que conoce al joven que le hacía los encargos a Merelo. Puede ser que éste sepa algo.
Fue al fondo de la tienda y llamó al chico, que llegó en seguida.
–Dime –le preguntó la tendera–: ¿recuerdas si el dependiente de Merelo iba alguna vez a llevar cartas a una mujer que estaba de criada en casa de hijos del país?
–En casa del señor Mequínez –respondió el muchacho–, sí, señora, alguna vez. Al final de la calle de las Artes.
–¡Ah! ¡Gracias, señora! –gritó Marcos–. Dígame el número… ¿no lo sabe? Hágame acompañar, acompáñame tú mismo en seguida, chico. Aún tengo algunos cuartos.
Y dijo esto con tanto calor, que sin esperar la venia de la señora, el muchacho respondió:
–Vamos –y salió el primero a muy ligero paso.
Casi corriendo, sin decir una palabra, fueron hasta el fin de la larguísima calle; atravesaron el portal de una pequeña casa blanca y se detuvieron delante de una hermosa reja de hierro, desde la cual se veía un patio lleno de macetas de flores. Marcos tocó la campanilla.
Apareció una señorita.
–Vive aquí la familia Mequínez, ¿no es verdad? –preguntó con ansiedad el muchacho.
–Aquí vivía –respondió la señorita, pronunciando el italiano a la española–. Ahora vivimos nosotros, la familia Ceballos.
–¿Y a dónde han ido los señores Mequínez? –preguntó Marcos, latiéndole el corazón.
–Se han ido a Córdoba.
–¡Córdoba! –exclamó Marcos–; ¿dónde está Córdoba? ¿Y la persona que tenían a su servicio? La mujer, mi madre, la criada era mi madre. ¿Se han llevado también a mi madre?
La señorita lo miró y dijo:
–No lo sé. Quizá lo sepa mi padre, que los vio cuando se fueron. Espérate un momento.
Se fue, y volvió con su padre, un señor alto, con la barba gris. Éste miró fijamente un momento a aquel simpático tipo de pequeño marinero genovés, de cabellos rubios y nariz aguileña, y le preguntó en mal italiano:
–¿Es genovesa tu madre?
Marcos respondió que sí.
–Pues bien; la criada genovesa se fue con ellos, estoy seguro.
–¿Y a dónde han ido?
–A la ciudad de Córdoba.
El muchacho dio un suspiro; después dijo con resignación:
–Entonces…, iré a Córdoba.
–¡Ah, pobre niño! –exclamó el señor mirándolo con lástima–. ¡Pobre niño! Córdoba está a mil leguas de aquí.
Marcos se quedó pálido como un muerto y se apoyó con una mano en la reja.
–Veamos, veamos –dijo entonces el señor, movido a compasión, abriendo la puerta–; entra un momento, veremos si se puede hacer algo. Siéntate.
Le ofreció asiento, le hizo contar su historia, estuvo escuchándolo muy atento y se quedó un rato pensativo; después le dijo con resolución:
–Tú no tienes dinero, ¿no es verdad?
–Tengo todavía, pero muy poco –respondió Marcos.
El señor estuvo pensando otros cinco minutos; después se sentó a una mesa, escribió una carta, la cerró, y dándosela al muchacho, le dijo:
–Oye, italianito, ve con esta carta a Boca. Es una ciudad pequeña, medio genovesa, que está a dos horas de camino de aquí. Todo el que te encuentre te puede indicar el camino. Ve allí y busca a este señor, al cual va dirigida la carta, y que es muy conocido. Entrégale esta carta. Él te hará salir mañana para la ciudad de Rosario y te recomendará a alguno de allí que podrá proporcionarte un medio para que sigas el viaje hasta Córdoba, donde encontrarás a la familia Mequínez y a tu madre. Entretanto, toma esto –y le dio algunos pesos–. Anda y ten ánimo; aquí hay por todas partes compatriotas tuyos, y no te abandonarán. Adiós.
El muchacho le dijo:
–Gracias.
Sin ocurrírsele otras palabras, salió con su cofre y, despidiéndose de su pequeño guía, se puso en caminó lentamente hacia Boca, atravesando la gran ciudad, lleno de tristeza y de estupor.
Todo lo que le sucedió desde aquel momento hasta la noche del día siguiente, le quedó después en la memoria, confuso e incierto como ensueños de calenturiento: ¡tan cansado, turbado y debilitado se encontraba!
Al día siguiente, al anochecer, después de haber dormido la noche antes en un cuartucho de una casa de Boca, al lado de un almacén del muelle; después de haber pasado casi todo el día sentado sobre un montón de maderos, y como entre sueños, enfrente de millares de barcos, de lanchas y de vapores, se encontraba en la popa de una barcaza de vela, cargada de frutas, que salía para la ciudad de Rosario conducida por tres robustos genoveses bronceados por el sol, cuyas voces y el dialecto querido que hablaban llevó algunos bríos al ánimo de Marcos.
Salieron, y el viaje duró tres días y cuatro noches, siendo continua la admiración del pequeño viajero. Tres días y tres noches remontó aquel maravilloso río Paraná, en cuya comparación nuestro gran Po no es más que un arroyuelo, y la extensión de Italia, cuadruplicada, no alcanza a la de su curso.
El barco iba lentamente a través de aquella masa de agua inconmensurable. Pasaba por medio de largas islas, antiguos nidos de serpientes, cubiertas de árboles frondosos, semejantes a bosques flotantes; y ora se deslizaba entre estrechos canales, de los cuales parecía que no podía salir, ora desembocaba en vastas extensiones de agua, que semejaban grandes lagos tranquilos; después, saliendo de entre las islas, por los canales intrincados de un archipiélago, llegaba a sitios rodeados de montones inmensos de vegetación.
Reinaba profundo silencio. En largos trechos, las orillas y las aguas solitarias y vastísimas evocaban la imagen de un río desconocido, que aquel pobre barco de vela era el primero en el mundo que se aventuraba a surcar.
Mientras más avanzaban, tanto más aumentaba aquel inmenso río. Pensaba que su madre se encontraba aún a gran distancia, y que la navegación debía durar años todavía. Dos veces al día comía un poco de pan y de carne en conserva con los marineros, quienes, viéndole triste, no le dirigían nunca la palabra.
Por la noche dormía sobre cubierta, y se despertaba a cada instante bruscamente, admirando la luz clarísima de la luna que blanqueaba las inmensas y lejanas orillas: entonces el corazón se le oprimía. ¡Córdoba!, repetía este nombre: Córdoba, como el de una de aquellas ciudades misteriosas de las que había oído hablar en las leyendas. Pero después pensaba: Mi madre ha pasado por aquí; ha visto estas islas, aquellas orillas; y entonces no le parecían ya tan raros y solitarios aquellos lugares en los cuales se había fijado la mirada de su madre… Por la noche alguno de los marineros cantaba. Aquella voz le recordaba las canciones de su madre cuando lo adormecía de niño. La última noche, al oír aquel canto, sollozó. El marinero se interrumpió. Después le gritó:
–¡Ánimo, chico, valor! ¡Qué diablo! ¡Un genovés que llora por estar lejos de su casa! ¡Los genoveses atraviesan todo el mundo tan contentos como orgullosos!
Aquellas palabras le hicieron experimentar una sacudida; oyó la voz de sangre genovesa que corría por sus venas, y levantó la frente con orgullo, dando un golpe en el timón. Bien –dijo para sí–; también daré yo la vuelta al mundo; viajaré años y años, andaré a pie centenares de leguas, seguiré adelante hasta que encuentre a mi madre. Llegaré, aunque sea moribundo, para caer muerto a sus pies. ¡Con tal de que vuelva a verla una sola vez!… ¡Ánimo!… Y con estos bríos llegó, al clarear una fría y hermosa mañana, frente a la ciudad de Rosario, situada en la ribera del Paraná, reflejándose en las aguas los palos y banderas de mil barcos de todos los países.
Poco después de haber desembarcado, subió a la ciudad, con su cofre al hombro, buscando a un señor argentino, para el cual su protector de Boca le había dado una tarjeta con algunas líneas de recomendación.
Al entrar en Rosario, le pareció que se encontraba en una ciudad ya conocida. Aquellas calles eran interminables, rectas, flanqueadas de casas blancas y bajas, atravesadas en todas direcciones, por encima de los tejados, por espesas fajas de hilos telegráficos y telefónicos, que parecían inmensas telarañas, oyéndose gran ruido de gente, caballos y carruajes. La cabeza se le iba: casi creía que volvía a entrar en Buenos Aires, y que iba otra vez a buscar a su tío. Anduvo cerca de una hora de aquí para allá, dando vueltas y revueltas, y pareciéndole que volvía siempre a la misma calle; y a fuerza de tantas preguntas encontró al fin la casa de su nuevo protector. Tocó la campanilla. Se asomó a la puerta un hombre grueso, rubio, áspero, que tenía aspecto de corredor de comercio, y que le preguntó fríamente con pronunciación extranjera:
–¿Qué quieres?
El muchacho dijo el nombre del patrón.
–El patrón –respondió el corredor– ha salido anoche para Buenos Aires, con toda su familia.
El muchacho se quedó paralizado.
Después balbuceó:
–Pero yo… no tengo a nadie aquí… ¡soy solo! –Y le dio la tarjeta.
El corredor la tomó, la leyó y dijo con mal humor:
–No sé qué hacer. Ya le diré dentro de un mes, cuando vuelva…
–¡Pero yo estoy solo! ¡Estoy necesitado! –exclamó el chico con voz suplicante.
–¡Eh, anda –dijo el otro–; ¿no hay ya bastantes pordioseros de tu país en Rosario? Vete a pedir limosna a Italia.
Y le dio con la puerta en las narices.
El muchacho se quedó petrificado.
Después tomó con desaliento su baúl, y salió con el corazón angustiado, con la cabeza hecha una bomba, y asaltado de un cúmulo de pensamientos desagradables.
¿Qué hacer? ¿A dónde ir? De Rosario a Córdoba hay un día de viaje en ferrocarril. Le quedaba ya muy poco dinero. Deduciendo lo que habría de gastar en aquel día, no le quedaría casi nada. ¿Dónde encontrar dinero para pagarse el viaje? ¡Podía trabajar! Pero ¿cómo? ¿A quién pedir trabajo? ¡Pedir limosna! ¡Ah, no! Ser arrojado, insultado, humillado como hace poco, no; nunca, jamás, ¡prefiero morir! Y ante aquella idea, al ver otra vez delante de sí la inmensa calle que se perdía a lo lejos en la interminable llanura, sintió que le faltaban otra vez las fuerzas, echó a tierra el cofre, se sentó en él apoyando la espalda contra la pared, y se cubrió la cara con las manos, sin llorar, en actitud desconsolada. La gente lo tocaba con los pies al pasar; los carruajes hacían ruido por la calle; algunos muchachos se detenían para mirarlo. Estuvo así buen rato.
De su letargo lo sacó una voz que le dijo medio en italiano, medio en lombardo:
–¿Qué tienes, chiquillo?
Alzó la cara al oír aquellas palabras, y en seguida se puso en pie, lanzando una exclamación de sorpresa:
–¿Usted aquí?
Era el viejo labrador lombardo, con el cual había contraído amistad durante el viaje.
La admiración del viejo no fue menor que la suya.
Pero el muchacho no le dejó tiempo para preguntarle, y le contó rápidamente lo ocurrido.
–Heme aquí ahora, sin dinero; es menester que trabaje; búsqueme usted trabajo para poder reunir algunos pesos; yo haré de todo: llevar ropa, barrer las calles, hacer encargos, hasta trabajar en el campo; me contento con vivir solo de pan; pero que pueda yo marchar pronto, que pueda encontrar alguna vez a mi madre; ¡hágame usted esta caridad, búsqueme usted trabajo, por amor de Dios, que yo no puedo resistir más!
–¡Cáspita, cáspita! –dijo el viejo, mirando alrededor y rascándose la barba–: ¿Qué historia es ésta? Trabajar… se dice muy pronto. ¡Veamos! ¿No habrá aquí algún medio de encontrar treinta pesos entre tantos compatriotas?
El muchacho lo miraba, animado por un rayo de esperanza.
–Ven conmigo –le dijo el viejo.
–¿Dónde? –preguntó el chico, volviendo a cargar con el baúl.
–Ven conmigo.
El viejo se puso en marcha. Marcos lo siguió y anduvieron juntos un buen trecho de calle, sin hablar.
El lombardo se detuvo en la puerta de una fonda que tenía en el rótulo una estrella, y escrito debajo: La Estrella de Italia; se asomó adentro, y volviéndose hacia el muchacho, le dijo alegremente:
–Llegamos a tiempo.
Entraron en una habitación grande, en donde había varias mesas y muchos hombres sentados que bebían y hablaban alto. El viejo lombardo se acercó a la primera mesa, y en el modo cómo saludó a los seis parroquianos que estaban a su alrededor, se comprendía que se había separado de ellos poco antes. Estaban muy encarnados, y hacían sonar sus vasos, voceando y riendo.
–¡Camaradas! –dijo sin más preámbulos el lombardo, quedándose en pie y presentando a Marcos–: he aquí un pobre muchacho, compatriota nuestro, que ha venido solo, desde Génova a Buenos Aires, para buscar a su madre. En Buenos Aires le dijeron: No está aquí; está en Córdoba. Viene embarcado a Rosario, en tres días y cuatro noches, con dos líneas de recomendación; presenta la carta, lo reciben mal. No tiene un céntimo. Está aquí solo, desesperado. Es un pobre niño muy animoso. Hagamos algo por él; ¿no ha de encontrar lo necesario para pagar el billete hasta Córdoba y buscar a su madre? ¿Hemos de dejarle aquí como un perro?
–¡Nunca, por Dios! ¡Nunca nos lo perdonaríamos! –gritaron todos a la vez, pegando puñetazos en la mesa–. ¡Un compatriota nuestro!
–¡Ven aquí, pequeño!
–¡Cuenta con nosotros, los emigrantes!
–¡Mira qué hermoso muchacho!
–¡Aflojen los pesos, camaradas!
–¡Bravo! ¡Ha venido solo! ¡Tiene ánimos! Bebe un sorbo, compatriota.
–Te enviaremos con tu madre, no hay que dudarlo.
Uno le tiraba un pellizco en la mejilla, otro le daba palmadas en la espalda, un tercero le aliviaba del peso del cofrecillo; otros emigrantes se levantaron de las mesas próximas y se acercaban; la historia del muchacho corrió por toda la hostería; acudieron de la habitación inmediata tres parroquianos argentinos, y, en menos de diez minutos, el lombardo, que presentaba el sombrero, le reunió cuarenta y dos pesos.
–¿Has visto –dijo entonces, volviéndose hacia el muchacho– qué pronto se hace esto en América?
–¡Bebe! –le gritó otro, pasándole un vaso de vino–. ¡A la salud de tu madre!
Todos levantaron los vasos. Y Marcos repitió:
–A la salud de mi… –pero un sollozo de alegría le impidió concluir, y dejando el vaso sobre la mesa, se echó en brazos del viejo lombardo.
A la mañana siguiente, al romper el día, había ya salido para Córdoba, animado y sonriente, lleno de presentimientos halagüeños. Pero esta alegría no correspondía al aspecto siniestro de la naturaleza.
El cielo estaba cerrado y oscuro; el tren, casi vacío, corría a través de una inmensa llanura, en la que no se veía ninguna señal de habitación. Se encontraba solo en un vagón grandísimo, que se parecía a los de los trenes para los heridos. Miraba a derecha e izquierda y no se veía más que una soledad sin fin, ocupada sólo por pequeños árboles deformes, de ramas y troncos contrahechos, que ofrecían figuras raras y casi angustiosas y airadas; una vegetación oscura, extraña y triste, que daba a la llanura el aspecto de inmenso cementerio.
Dormitaba una media hora, y volvía a mirar; siempre veía el mismo espectáculo. Las estaciones del camino estaban solitarias, como casas de ermitaños; y cuando el tren se paraba no se oía una voz; le parecía que se encontraba solo, en un tren perdido, abandonado en medio del desierto.
Creía que cada estación debía ser la última, y que se entraba, después de ella, en las tierras misteriosas y horribles de los salvajes. Una brisa helada le azotaba el rostro. Embarcándolo en Génova a fines de abril, su familia no había pensado que en América podría encontrar el invierno, y le habían vestido de verano
Al cabo de algunas horas comenzó a sentir frío, y con el frío, el cansancio de los días pasados, llenos de emociones violentas y de noches de insomnio y agitadas, se durmió; durmió mucho tiempo y se despertó aterido, sintiéndose mal. Y entonces le acometió un vago terror de caer enfermo, de morirse en el viaje y de ser arrojado allí, en medio de aquella llanura solitaria, donde su cadáver sería despedazado por los perros y por las aves de rapiña, como algunos cuerpos de caballos y de vacas que veía al lado del camino, de vez en cuando, y de los cuales apartaba la mirada con espanto.
En aquel malestar inquieto, en medio de aquel tétrico silencio de la naturaleza, su imaginación se excitaba y volvía a pensar en lo más negro. ¿Estaba, por otra parte, bien seguro de encontrar en Córdoba a su madre? ¿Y si no estuviera allí? ¿Y si aquellos señores de la calle de las Artes se hubieran equivocado? ¿Y si se hubiese muerto? Con estos pensamientos volvió a adormecerse y soñó que estaba en Córdoba de noche, y oía gritar en todas las puertas y desde todas las ventanas: ¡No está aquí! ¡No está aquí! ¡No está aquí! Se despertó sobresaltado, aterido, y vio en el fondo del vagón a tres hombres con barba envueltos en mantas de diferentes colores, que lo miraban hablando bajo entre sí, y le asaltó la sospecha de que fuesen asesinos y lo quisiesen matar para robarle el equipaje.
Al frío, al malestar, se agregó el miedo; la fantasía, ya turbada, se le extravió –los tres hombres lo miraban siempre; uno de ellos se movió hacia él–; entonces le faltó la razón, y corriendo al encuentro de ellos, con los brazos abiertos, gritó:
–No tengo nada. Soy un pobre niño. Vengo de Italia; voy a buscar a mi madre; estoy solo; ¡no me hagan daño!
Los viajeros lo comprendieron todo en seguida; tuvieron lástima, le hicieron caricias y lo tranquilizaron, diciéndole muchas palabras, que no entendía; y viendo que le castañeteaban los dientes por el frío, le echaron encima una de sus mantas y le hicieron volver a sentarse para que se durmiera. Y se volvió a dormir al anochecer. Cuando lo despertaron, estaba en Córdoba.
¡Ah! ¡Qué bien respiró y con qué ímpetu se bajó del vagón! Preguntó a un empleado de la estación dónde vivía el ingeniero Mequínez; le dijo el nombre de una iglesia, al lado de la cual estaba su casa; el muchacho echó a correr hacia ella. Era de noche. Entró en la ciudad. Le pareció entrar en Rosario otra vez, al ver calles rectas, flanqueadas de pequeñas casas blancas y cortadas por otras calles rectas y larguísimas. Pero había poca gente, y a la luz de los escasos faroles que había, encontraba rostros extraños, de un color desconocido, entre negruzco y verdoso; y, alzando la cara de vez en cuando, veía iglesias de una arquitectura rara, que se dibujaban muy grandes y negras sobre el firmamento. La ciudad estaba oscura y silenciosa; pero después de haber atravesado aquel inmenso desierto, le pareció alegre. Preguntó a un sacerdote, y pronto encontró la iglesia y la casa; tocó la campanilla con mano temblorosa, y se apretó la otra contra el pecho, para sostener los latidos de su corazón que se le quería subir a la garganta.
Una vieja fue a abrir con una luz en la mano.
–¿A quién buscas? –preguntó aquélla en español.
–Al ingeniero Mequínez –dijo Marcos.
La vieja, despechada, respondió, meneando la cabeza:
–¡También tú ahora preguntas por el ingeniero Mequínez! Me parece que ya es tiempo de que esto concluya. Ya hace tres meses que nos importunan con lo mismo. No basta que lo hayamos dicho en los periódicos. ¿Será menester anunciar en las esquinas que el señor Mequínez se ha ido a vivir a Tucumán?
El chico hizo un movimiento de desesperación. Después dijo en una explosión de rabia:
–¡Me persigue, pues, una maldición! Yo me moriré en medio de la calle sin encontrar a mi madre. ¡Yo me vuelvo loco! ¡Me mato! ¡Dios mío! ¿Cómo se llama ese lugar? ¿Dónde está? ¿A qué distancia?
–¡Pobre niño! –respondió la vieja, compadecida–. ¡Una friolera! Estará a cuatrocientas o quinientas leguas, por lo menos.
El muchacho se cubrió la cara con las manos; después preguntó sollozando:
–Y ahora…. ¿qué hago?
–¿Qué quieres que te diga, hijo mío? –respondió la mujer–; yo no sé.
Pero de pronto se le ocurrió una idea, y la soltó en seguida.
–Oye, ahora que me acuerdo. Haz una cosa. Volviendo a la derecha, por la calle, encontrarás, a la tercera puerta, un patio; allí vive un capataz, un comerciante, que parte mañana para Tucumán con sus carretas y sus bueyes; ve a ver si te quiere llevar, ofreciéndole tus servicios; te dejará, quizás, un sitio en el carro; anda en seguida.
El muchacho cargó con su cofre, dio las gracias a escape, y al cabo de dos minutos se encontró en un ancho patio, alumbrado por linternas, donde varios hombres trabajaban en cargar sacos de trigo sobre algunos grandes carros, semejantes a casetas de titiriteros, con la cubierta curvada y las ruedas altísimas.
Un hombre alto, con bigote, envuelto en una especie de capa con cuadros blancos y negros, con dos anchos borceguíes, dirigía la faena. El muchacho se acercó a él y le expuso tímidamente su pretensión, diciéndole que venía de Italia y que iba a buscar a su madre.
El capataz, es decir, el conductor de aquel convoy de carros, le echó una ojeada de pies a cabeza y le dijo secamente:
–No tengo colocación para ti.
–Tengo quince pesos –replicó el chico, suplicante–; se los doy. Trabajaré por el camino. Iré a buscar agua y pienso para las bestias; haré todos los servicios. Un poco de pan me basta. Déjeme ir, señor.
El capataz volvió a mirarlo, y respondió, con mejor ánimo:
–No hay sitio…, y, además, no vamos a Tucumán; vamos a otra ciudad, a Santiago. Tendríamos que dejarte en el camino, y andar todavía un buen trecho a pie.
–¡Ah! ¡Yo andaría el doble! –exclamó Marcos–; yo andaré, no lo dude usted; llegaré de todas maneras; ¡déjeme un sitio, señor, por caridad; por caridad, no me deje aquí solo!
–¡Mira que es un viaje de veinte días!
–No importa.
–¡Es un viaje muy penoso!
–Todo lo sufriré.
–¡Tendrás que viajar solo!
–No tengo miedo a nada. Con tal de que encuentre a mi madre… ¡Tenga usted compasión!
El capataz le acercó a la cara una linterna, y lo miró. Después dijo:
–Está bien.
El muchacho le besó las manos.
–Esta noche dormirás en un carro –añadió el capataz, dejándolo–; mañana a las cuatro te despertaré. Buenas noches.
Por la mañana a las cuatro, a la luz de las estrellas, la larga fila de los carros se puso en movimiento con gran ruido; cada carro iba tirado por seis bueyes. Seguía un gran número de animales, que servirían para mudar los tiros. El muchacho, despierto y metido dentro de uno de los carros, con su bagaje, se durmió muy pronto, profundamente. Cuando se despertó, el convoy estaba detenido en un lugar solitario, bajo el sol, y todos los hombres, los peones, estaban sentados en círculo alrededor de un cuarto de ternera, que se asaba al aire libre, clavado en una especie de espadón plantado en tierra, al lado de un gran fuego, agitado por el viento.
Comieron todos juntos, durmieron, y después volvieron a emprender la jornada; y así continuó el viaje regulado, como una marcha militar. Todas las mañanas se ponían en camino a las cinco; se detenían a las nueve; volvían a andar a las cinco de la tarde y se detenían nuevamente a las diez. Los peones iban a caballo, y excitaban a los bueyes con palos largos. El muchacho encendía el fuego para el asado, daba de comer a las bestias, limpiaba los faroles y llevaba el agua para beber.
El país pasaba delante de él como una visión fantástica: vastos bosques de pequeños árboles oscuros; aldeas de pocas casas, dispersas, con las fachadas rojas y almenadas; vastísimos espacios, quizá antiguos lechos de grandes lagos salados, blanqueados por la sal, hasta donde alcanzaba la vista; y por todas partes, y siempre, llanura, soledad, silencio. Rarísima vez encontraban dos o tres viajeros a caballo, seguidos de otros cuantos caballos sueltos, que pasaban al galope, como una exhalación.
Los días eran todos iguales, como en el mar, sombríos e interminables. Pero el tiempo estaba hermoso. Los peones, como el muchacho se había hecho un servidor obligado, se tornaban día tras día más exigentes; algunos lo trataban brutalmente, con amenazas; todos se hacían servir de él sin consideración; lo obligaban a llevar cargas enormes de forraje; lo mandaban por agua a grandes distancias; y él, extenuado por la fatiga, no podía ni aun dormir de noche, despertando a cada instante por las sacudidas violentas del carro y por el ruido ensordecedor de las ruedas y de los maderos. Además, se había levantado viento y una tierra fina, rojiza y sucia, que lo envolvía todo, penetraba en el carro, se le introducía por entre la ropa, le quitaba la vista y la respiración, oprimiéndolo continuamente de un modo insoportable.
Extenuado por la fatiga y el insomnio, roto y sucio, reprendido y maltratado desde la mañana hasta la noche, el pobre muchacho se debilitaba más cada día, y habría decaído su ánimo por completo si el capataz no le hubiera dirigido de vez en cuando alguna palabra agradable. A veces, en un rincón del carro, cuando no lo veían, lloraba con la cara apoyada en su baúl, que no contenía ya más que andrajos. Cada mañana se levantaba más débil y más desanimado, y al mirar al campo y ver siempre aquella implacable llanura sin límites, como un océano de tierra, decía para sí:
¡Oh, a la noche no llego, no llego a la noche! ¡Hoy me muero en el camino! Y los trabajos crecían, los malos tratamientos se redoblaban. Una mañana, porque había tardado en llevar el agua, uno de los hombres, no estando presente el capataz, le pegó. Desde entonces comenzaron a hacerlo por costumbre; cuando le mandaban algo, le daban un trastazo, diciéndole: ¡Haz esto, holgazán!, ¡Lleva esto a tu madre! El corazón se le quería salir del pecho; enfermo, estuvo tres días en el carro con una manta encima, con calentura, sin ver a nadie más que al capataz, que iba a darle de beber y a tomarle el pulso. Entonces se creía perdido e invocaba desesperadamente a su madre, llamándola mil veces por su nombre: ¡Oh madre mía! ¡Madre mía!… ¡Oh pobre madre mía, que ya no te veré más! ¡Pobre madre, que me encontrarás muerto en medio del camino! Juntaba las manos sobre el pecho y rezaba. Después se puso mejor, gracias a los cuidados del capataz, y se curó por completo; mas con la curación llegó el día más terrible de su viaje, el día en que debía quedarse solo.
Hacía más de dos semanas que estaban de marcha. Cuando llegaron al punto en que el camino de Tucumán se aparta del que va a Santiago, el capataz le avisó que debían separarse. Le hizo algunas indicaciones respecto al trayecto, le cargó el equipaje sobre las espaldas, de modo que no le incomodase para andar, y abreviando, como si temiera conmoverse, lo despidió. El muchacho apenas tuvo tiempo para besarle en un brazo. También los demás hombres, que tan duramente lo habían tratado, parece que sintieron un poco de lástima al verlo quedarse tan solo, y le decían adiós con la mano, al alejarse. Él devolvió el saludo, permaneció unos momentos mirando el convoy que se perdía entre el rojizo polvo del campo, y después se puso en camino, tristemente.
Una cosa, sin embargo, lo animó algo desde el principio. Después de tres días de viaje, a través de aquella llanura, interminable y siempre igual, vio delante de sí una cadena de altísimas montañas azules, con las cimas blancas, que le recordaban los Alpes. Le parecía acercarse a su país. Eran los Andes, la espina dorsal del continente americano, la inmensa cadena que se extiende desde la Tierra del Fuego hasta el mar glacial del Polo Ártico, por 110 grados de latitud.
También lo animaba sentir que el aire se iba haciendo cada vez más cálido; y esto sucedía porque, marchando hacia el norte, se iba acercando a las regiones tropicales. A grandes distancias encontraba pequeños grupos de casas con una tiendecilla, y compraba algo para comer. Encontraba hombres a caballo; veía, de vez en cuando, mujeres y niños sentados en el suelo, inmóviles y serios. Eran caras completamente nuevas para él, color de tierra, con los ojos oblicuos, los huesos de las mejillas prominentes. Lo miraban fijo y lo seguían con la mirada, volviendo la cabeza lentamente, como autómatas. Eran indios.
El primer día anduvo hasta que le faltaron las fuerzas, y durmió debajo de un árbol. El segundo anduvo bastante menos, y con menos ánimos. Tenía las botas rotas, los pies desollados y el estómago débil por la mala alimentación. En la noche empezaba a tener miedo. Había oído decir, en Italia, que en aquel país había serpientes; creía oírlas arrastrarse; se detenía, tomaba luego carrera y sentía frío en los huesos. A veces sentía una gran lástima de sí mismo, y lloraba en silencio, mientras caminaba. Después pensaba: ¡Oh, cuánto sufriría mi madre si supiese que tengo tanto miedo! Y este pensamiento le daba ánimos. Luego, para distraerse del terror, pensaba en ella, traía a su mente sus palabras cuando salió de Génova, y el modo como le solía arreglar las mantas bajo la barbilla, cuando estaba en la cama; y cuando era niño, que a veces lo cogía en sus brazos, diciéndole: ¡Estate aquí un poco conmigo!; y estaba así mucho tiempo, con la cabeza apoyada sobre la suya y entregada a sus pensamientos. Y decía para sí:
¿Volveré a verte alguna vez, madre querida? ¿Llegaré al fin de mi viaje, madre mía? Y andaba; andaba, en medio de árboles desconocidos, entre vastas plantaciones de cañas de azúcar, por prados sin fin, siempre con aquellas grandes montañas azules por delante, que cortaban el sereno cielo con sus altísimos conos. Pasaron cuatro días, cinco, una semana. Las fuerzas le iban faltando rápidamente, y los pies le sangraban. Al fin, una tarde, al ponerse el sol, le dijeron:
–Tucumán está a cinco leguas de aquí.
Dio un grito de alegría y apretó el paso, como si hubiese recobrado en el momento todo el vigor perdido. Pero fue breve ilusión. Las fuerzas lo abandonaron de nuevo, y cayó extenuado a la orilla de una zanja. Mas el corazón le saltaba de gozo. El cielo, cubierto de estrellas, nunca le había parecido tan hermoso. Lo contemplaba, echado sobre la hierba para dormir, y pensaba que su madre miraría quizá también al mismo tiempo el cielo: ¡Oh madre mía! ¿Dónde estás? ¿Qué haces en este instante? ¿Piensas en tu hijo? ¿Te acuerdas de tu Marcos, que está tan cerca de ti?
¡Pobre Marcos! Si él hubiese podido ver en qué estado se encontraba entonces su madre, hubiera hecho esfuerzos sobrehumanos para caminar aún, y llegar hasta ella cuanto antes. Estaba enferma en la cama, en un cuarto de un piso bajo de la casita solariega donde vivía toda la familia Mequínez, la cual le había tomado mucho cariño y la asistía muy bien.
La pobre mujer estaba ya delicada cuando el ingeniero Mequínez tuvo que salir precipitadamente de Buenos Aires, y no se había mejorado del todo con el buen clima de Córdoba. Pero después, el no haber recibido contestación a sus cartas, del marido ni del primo, el presentimiento siempre vivo de alguna gran desgracia, la ansiedad continua en que vivía, dudando entre marchar y quedarse, cada día esperando una mala noticia, la habían hecho empeorar considerablemente. Por último, se había presentado una enfermedad gravísima: una hernia intestinal estrangulada.
Desde hacía quince días no se levantaba. Era necesaria una operación quirúrgica para salvarle la vida. Precisamente, en aquel momento, mientras su Marcos la invocaba, estaban junto a su cama el amo y el ama de la casa convenciéndola, con mucha dulzura, para que se dejase hacer la operación.
Un afamado médico de Tucumán había ya venido la semana anterior, inútilmente.
–No, queridos señores –decía ella–, no tiene objeto; yo no tengo ya más fuerza para resistir, y moriré bajo los instrumentos del cirujano. Mejor es que me dejen morir así. No me importa la vida. Todo ha concluido para mí. Es preferible que muera antes de saber lo que haya ocurrido en mi familia.
Los dueños volvían a decirle que no, que tuviese valor, que las últimas cartas enviadas a Génova directamente tendrían respuesta, que se dejase operar, que lo hiciese por sus hijos. Pero aquella idea de sus hijos agravaba más y más, con mayor angustia, el desaliento profundo que la postraba hacía largo tiempo. Al oír aquellas palabras, prorrumpía en llanto.
–¡Oh, hijos míos! ¡Hijos míos! –exclamaba, juntando sus manos–; ¡quizá ya no existen! Mejor es que muera yo también. Muchas gracias, buenos señores; se los agradezco de corazón. Más vale morir. Ni aún con la operación me curaría, estoy segura. Gracias por tantos cuidados. Es inútil que pasado mañana vuelva el médico. ¡Quiero morirme; es mi destino! Estoy decidida.
Y ellos, sin cesar de consolarla, repetían:
–No, no diga eso –cogiéndola de las manos y suplicándole.
La enferma entonces cerraba los ojos agotada, y caía en un sopor que la hacía parecer muerta… Los señores permanecían a su lado algún tiempo, mirando con gran compasión a la débil luz de la lamparilla, a aquella madre admirable, que había venido a servir a seis mil millas de su patria, y a morir… ¡después de haber sufrido tanto! ¡Pobre mujer! ¡Tan honrada, tan buena y tan desgraciada!
Al día siguiente, muy de mañana, entraba Marcos con su saco a la espalda, encorvado y tambaleándose, pero lleno de ánimos, en la ciudad de Tucumán, una de las más jóvenes y florecientes del país. Le parecía volver a ver Córdoba, Rosario, Buenos Aires; eran aquellas mismas calles derechas, y larguísimas, y aquellas casas bajas y blancas; pero por todas partes se veía una nueva y magnífica vegetación; se notaba un aire perfumado, una luz maravillosa, un cielo límpido y profundo, como jamás lo había visto ni siquiera en Italia.
Caminando por las calles, volvió a sentir la agitación febril que se había apoderado de él en Buenos Aires; miraba las ventanas y las puertas de todas las casas, se fijaba en todas las mujeres que pasaban, con la angustiosa esperanza de encontrar a su madre; hubiera querido preguntar a todos, y no se atrevía a detener a nadie. Todos, desde el umbral de sus puertas, se volvían a contemplar a aquel pobre muchacho harapiento, lleno de polvo, que daba señales de venir de muy lejos. Buscaba entre la gente una cara que le inspirase confianza, a quien dirigir aquella tremenda pregunta, cuando se presentó ante sus ojos, en el rótulo de una tienda, un nombre italiano. Dentro había un hombre con anteojos, y dos mujeres. Se acercó lentamente a la puerta, y con ánimo resuelto preguntó:
–¿Me sabrían decir, señores, dónde está la familia Mequínez?
–¿Del ingeniero Mequínez? –preguntó a su vez el de la tienda.
–Sí, del ingeniero Mequínez –respondió el muchacho con voz apagada.
–La familia Mequínez –dijo el de la tienda– no está en Tucumán.
Un grito desesperado de dolor, como de persona herida de repente por artero puñal, fue el eco de aquellas palabras.
El tendero y las mujeres se levantaron; acudieron algunos vecinos.
–¿Qué ocurre? ¿Qué tienes, muchacho? –dijo el tendero, haciéndole entrar en la tienda y sentarse–; no hay por qué desesperarse, ¡qué diablo! Los Mequínez no están aquí, pero no están muy lejos: ¡a pocas horas de Tucumán!
–¿Dónde? ¿Dónde? –gritó Marcos, levantándose como un resucitado.
–A unas quince millas de aquí –continuó el hombre–, a orillas del Saladillo; en el sitio donde están construyendo una gran fábrica de azúcar; en el grupo de casas está la del señor Mequínez; todos lo saben, y llegarás en pocas horas.
–Yo estuve allá hace poco –dijo un joven que había acudido al oír el grito.
Marcos se le quedó mirando, con los ojos fuera de las órbitas, y le preguntó precipitadamente, palideciendo:
–¿Habéis visto a la criada del señor Mequínez, la italiana?
–¿La genovesa? La he visto.
Marcos rompió en sollozos convulsivos, entre risa y llanto.
Luego, con un impulso de violenta resolución:
–¿Por dónde se va? ¡Pronto, el camino; me marcho en el acto, enséñeme el camino!
–¡Pero si hay una jornada de marcha! –le dijeron todos a una voz–; estás cansado y debes reposar; partirás mañana.
–¡Imposible! ¡Imposible! –respondió el muchacho–. ¡Díganme por dónde se va; no espero ni un momento, en seguida, aun cuando me cayera muerto en el camino!
Viendo que era irrevocable su propósito, no se opusieron más.
–¡Que Dios te acompañe! –le dijeron–. Ten cuidado con el camino por el bosque. Buen viaje, italianito.
Un hombre lo acompañó fuera de la ciudad, le indicó el camino, le dio algún consejo y se quedó mirando cómo empezaba su viaje. A los pocos minutos el muchacho desapareció, cojeando, con su cofrecito a la espalda, por entre los espesos árboles que flanqueaban el camino.
Aquella noche fue tremenda para la pobre enferma. Tenía dolores atroces, que le arrancaban alaridos capaces de destrozar sus venas y que le producían momentos de delirio. Las mujeres que la asistían perdían la cabeza. El ama acudía de cuando en cuando, descorazonada. Todos comenzaron a temer que aunque hubiera decidido dejarse hacer la operación, el médico, que debía llegar a la mañana siguiente, llegaría ya demasiado tarde. En los momentos en que no deliraba, se comprendía, sin embargo, que su desconsuelo mayor y más terrible no lo causaban los dolores del cuerpo, sino el pensamiento de su familia lejana. Moribunda, descompuesta, con la fisonomía deshecha, metía sus manos por entre los cabellos, con actitudes de desesperación que traspasaban el alma, gritando:
–¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Morir tan lejos! ¡Morir sin volverlos a ver! ¡Mis pobres hijos, que se quedan sin madre; mis criaturas, mi pobre sangre! ¡Mi Marcos, todavía tan pequeñito, así de alto, tan bueno y tan cariñoso! ¡No saben qué muchacho era! Señora, ¡si usted supiese! No me lo podía quitar de mi cuello cuando partí: sollozaba que daba compasión oírlo; ¡pobrecillo!, parecía que sospechaba que no había de volver a ver a su madre; ¡pobre Marcos, pobre niño mío! Creí que estallaba mi corazón. ¡Ah, si me hubiese muerto en aquel mismo instante en que me decía adiós! ¡Si hubiera entonces muerto atravesada por un rayo! ¡Sin madre, pobre hijo, él, que me quería tanto, que tanto me necesitaba; sin madre, en la miseria, tendrá que andar pidiendo limosna, él, Marcos, mi Marcos, que extenderá su mano hambriento! ¡Oh, Dios eterno! ¡No! ¡No quiero morir! ¡Un médico! ¡Llámenlo en seguida! ¡Que venga, que me opere, que me haga enloquecer, pero que me salve la vida! ¡Quiero curarme; quiero irme, huir, mañana, ahora mismo! ¡El médico! ¡Socorro! ¡Socorro!
Y las mujeres le sujetaban las manos, la calmaban, suplicantes; procuraban hacerla volver en sí poco a poco, y le hablaban de Dios y de esperanza. Y volvía a sumirse en un abatimiento mortal, lloraba con las manos entre sus cabellos grises, gemía como una niña, lanzaba prolongados gemidos y murmuraba:
–¡Oh, Marcos mío, mi pobre Marcos! ¡Dónde estará ahora la pobre criatura!
Eran las doce de la noche. Su pobre Marcos, después de haber pasado muchas horas sobre la orilla de un foso, extenuado, caminaba entonces a través de una vastísima floresta de árboles gigantescos, monstruos de vegetación, con fustes desmesurados semejantes a pilastras de una catedral, que a cierta altura maravillosa entrecruzaban sus enormes cabelleras plateadas por la luna.
Vagamente, en aquella media oscuridad, veía miles de troncos de todas formas, derechos, inclinados, retorcidos, cruzados, en actitudes extrañas de amenaza y de lucha; algunos caídos en tierra, como torres arruinadas de pronto; todo cubierto de una vegetación exuberante y confusa que semejaba a furiosa multitud disputándose palmo a palmo el terreno; otros formando grupos verticales y apretados, como si fueran haces de lanzas gigantescas cuyas puntas se escondieran en las nubes: una grandeza soberbia, un desorden prodigioso de formas colosales, el espectáculo más majestuosamente terrible que jamás le hubiese ofrecido la naturaleza vegetal. Por momentos le sobrecogía gran estupor. Pero pronto su alma volaba hacia su madre.
Estaba muerto de cansancio, con los pies sangrando, solo, en medio de aquel imponente bosque, donde no veía más que, a grandes intervalos, pequeñas viviendas humanas, que colocadas al pie de aquellos árboles parecían nidos de hormigas; estaba agotado, pero no sentía el cansancio; estaba solo y no tenía miedo. La grandeza del campo engrandecía su alma; la cercanía de su madre le daba la fuerza y la decisión de un hombre; el recuerdo del océano, de los abatimientos, de los dolores que había experimentado y vencido, de las fatigas que había sufrido, de la férrea voluntad que había desplegado, le hacían levantar la frente; toda su fuerte y noble sangre genovesa refluía a su corazón en ardiente oleada de altanería y audacia.
Y algo nuevo pasaba en él: hasta entonces había llevado en su mente una imagen de su madre oscurecida y como un poco borrada por los años de alejamiento, y ahora aquella imagen se aclaraba; tenía delante de sus ojos el rostro entero y puro de su madre como hacía mucho tiempo no lo había contemplado; la volvía a ver cercana, iluminada, como si estuviera hablando; volvía a ver los movimientos más fugaces de sus ojos y de sus labios, todas sus actitudes, sus gestos, las sombras de sus pensamientos; y apenado por aquellos vivos recuerdos, apretaba el paso, y un nuevo cariño, una ternura indecible, iba creciendo en su corazón, y hacía correr por sus mejillas lágrimas tranquilas y dulces. Según iba andando en medio de las tinieblas, le hablaba, le decía las palabras que le hubiera dicho al oído dentro de poco:
–¡Aquí estoy, madre mía; aquí me tienes; no te dejaré jamás; juntos volveremos a casa, estaré siempre a tu lado en el vapor, apretado contra ti, y nadie me separará de ti nunca, nadie, jamás, mientras tengas vida! Y no advertía entretanto que sobre la cima de los árboles gigantescos iba poco a poco apagándose la argentina luz de la luna con la blancura delicada del alba.
A las ocho de aquella mañana, el médico de Tucumán –un joven argentino– estaba ya al lado de la cama de la enferma acompañado de un practicante, intentando por última vez persuadirla para que se dejase hacer la operación; a su vez, el ingeniero Mequínez volvía a repetir las más calurosas instancias, lo mismo que su señora. Pero ¡todo era inútil! La mujer, sintiéndose sin fuerza, ya no tenía fe en la operación; estaba certísima o de morir en el acto, o de no sobrevivir más que algunas horas, después de sufrir en vano dolores mucho más atroces que los que debían matarla naturalmente. El médico tenía buen cuidado de decirle una y otra vez:
–¡Pero si la operación es segura y su salvación es cierta, con tal de que tenga algo de valor! Y, por otro lado, si se empeña en resistir, la muerte es segura.
Eran palabras lanzadas al aire.
–No –respondía siempre con su débil voz–, todavía tengo valor para morir, pero no lo tengo para sufrir inútilmente. Gracias, señor médico. Así está dispuesto. Déjeme morir tranquila.
El médico, desanimado, desistió. Nadie pronunció una palabra más. Entonces la mujer volvió el semblante hacia su ama, y le dijo, con voz moribunda, sus postreras súplicas.
–Mi querida y buena señora –dijo con gran trabajo, sollozando–, usted mandará los pocos pesos que tengo y todas mis cosas a mi familia… por medio del señor cónsul. Yo supongo que todos viven. Mi corazón me lo predice en estos últimos momentos. Me hará el favor de escribirles… que siempre he pensado en ellos…, que he trabajado para ellos…, para mis hijos…, y que mi único dolor es no volverlos a ver más…, pero que he muerto con valor…, resignada…, bendiciéndolos; y que recomiendo a mi marido… y a mi hijo mayor al más pequeño, a mi pobre Marcos, a quien he tenido en mi corazón hasta el último momento.
Y poseída de gran exaltación repentina, gritó juntando las manos:
–¡Mi Marcos! ¡Mi pobre niño! ¡Mi vida!… –pero girando los ojos anegados en llanto, vio que su ama no estaba ya a su lado: habían venido a llamarla furtivamente. Buscó al señor, también había desaparecido. No quedaban más que las dos enfermeras y el practicante. En la habitación inmediata se oía el rumor de pasos presurosos, murmullo de voces precipitadas y bajas, y de exclamaciones contenidas. La enferma fijó su vista en la puerta en ademán de esperar. Al cabo de pocos minutos volvió a presentarse el médico, con semblante extraño; luego su señora y el amo, también con la fisonomía visiblemente alterada. Los tres se quedaron mirando con singular expresión, y cambiaron entre sí algunas palabras en voz baja. Le pareció oír que el médico decía a la señora:
–Es mejor en seguida.
La enferma no comprendía.
–Josefa –le dijo el ama con voz temblorosa–. Tengo que darte una noticia buena. Prepara tu corazón a recibir una buena noticia.
La mujer se quedó mirándola con fijeza.
–Una noticia –continuó la señora cada vez más agitada– que te dará mucha alegría.
La enferma abrió los ojos desmesuradamente.
–Prepárate –prosiguió su ama– a ver a una persona… a quien quieres mucho.
La mujer levantó la cabeza con ímpetu vigoroso, y empezó a mirar a la señora y a la puerta con ojos que despedían fulgores.
–Una persona –añadió su ama, palideciendo– que acaba de llegar… inesperadamente.
–¿Quién es? –gritó, con voz sofocada y angustiosa, como llena de espanto.
Un instante después lanzó un agudísimo grito, de un salto se sentó sobre la cama, y permaneció inmóvil, con los ojos desencajados y con las manos apretadas contra las sienes, como si se tratase de una aparición sobrehumana.
Marcos, lacerado y cubierto de polvo, estaba de pie en el umbral, detenido por el doctor, que lo sujetaba por un brazo.
La mujer prorrumpió por tres veces:
–¡Dios! ¡Dios! ¡Dios mío!
Marcos se lanzó hacia su madre, que extendía sus brazos descarnados, apretándole contra su seno como un tigre, rompiendo a reír violentamente y mezclándose a su risa profundos sollozos sin lágrimas, que la hicieron caer rendida y sofocada sobre las almohadas.
Pronto se rehízo, sin embargo, gritando como una loca, llena de alegría, y besando a su hijo:
–¿Cómo estás aquí? ¿Por qué? ¿Eres tú? ¡Cómo has crecido! ¿Quién te ha traído? ¿Estás solo? ¿No estás enfermo? ¡Eres tú, Marcos! ¡No es esto un sueño! ¡Dios mío! ¡Háblame!
Luego, cambiando de tono repentinamente:
–¡No! ¡Calla! ¡Espera! –y volviéndose hacia el médico–: Pronto, en seguida doctor. Quiero curarme. Estoy dispuesta. No pierda un momento. Llévense a Marcos para que no sufra. ¡Marcos mío, no es nada! Ya me contarás todo. ¡Dame otro beso! ¡Vete! Heme aquí, doctor.
Sacaron a Marcos de la habitación. Los amos y criados salieron en seguida, quedando sólo con la enferma el cirujano y el ayudante, que cerraron la puerta.
El señor Mequínez intentó llevarse a Marcos a una habitación lejana: fue imposible; parecía que lo habían clavado en el pavimento.
–¿Qué es? –preguntó–. ¿Qué tiene mi madre? ¿Qué le están haciendo?
Entonces Mequínez, bajito e intentando siempre llevárselo de allí:
–Mira; oye; ahora te diré; tu madre está enferma; es preciso hacerle una sencilla operación; te lo explicaré todo; ven conmigo.
–No –respondió el muchacho–, quiero estar aquí. Explíquemelo aquí.
El ingeniero amontonaba palabras y más palabras, y tiraba de él para sacarlo de la habitación; el muchacho comenzaba a espantarse, temblando de terror.
Un grito agudísimo, como el de un herido de muerte, resonó de repente por toda la casa.
El niño respondió con otro grito horrible y desesperado:
–¡Mi madre ha muerto!
El médico se presentó en la puerta y dijo:
–Tu madre se ha salvado.
El muchacho lo miró un momento, arrojándose luego a sus pies, sollozando:
–Gracias, doctor.
Pero el médico lo hizo levantar, diciéndole:
–¡Levántate!… ¡Eres tú, heroico niño, quien ha salvado a tu madre!
Espero que os haya gustado la entrada.
Atentamente,
El Equipo de Biblioteca.

jueves, 22 de noviembre de 2018

PERSONAJES INOLVIDABLES. MARY POPPINS DE P.L. TRAVERS




Estimados Macondovisitantes:

Hoy, 22 de noviembre, os traemos a la Biblioteca Macondo un nuevo personaje inolvidable. En esta ocasión, os presentamos al personaje de P.L.Travers, Mary Poppins. 

Autora de Mary Poppins.

Pamela L.Travers (1899-1994), seudónimo de Helen Lyndon Goff, nació en Australia hija de padres de ascendencia irlandesa. Una infancia difícil por la mala relación de sus padres le hizo refugiarse en su imaginación. A los 17 años se trasladó a Dublín donde su interés por la mitología y la simbología le hizo entrar en contacto con sus círculos literarios y, entre otros, con W.B.Yeats. Una mujer con un vestido pasado de moda que llevaba un paraguas con una cabeza de pájaro tallado en la empuñadura le sugirió el aspecto que tendría su personaje Mary Poppins.


Descripción de Mary Poppins. 
Una niñera inglesa por excelencia, Mary Poppins es una ligeramente severa pero cuidadosa mujer, quien usa la magia y el autocontrol para cuidar a los hijos de los Banks. Ella es usualmente identificada por su gran sombrero y su paraguas que siempre lleva con ella en sus salidas. Ella es amable con los niños, pero puede ser firme cuando sea necesario. Ella es "practicamente perfecta en todo."

lunes, 12 de noviembre de 2018

PERSONAJES INOLVIDABLES. HEIDI, DE JOHANNA SPYRI


Estimados Macondovisitantes:

Hoy, 12 de noviembre del 2018, en nuestra sección de "Personajes Inolvidables" nos centraremos en uno de los personajes más conocidos de la literatura infantil es sin duda alguna Heidi. La pequeña niña alegre que vive con su abuelo en los bosques suizos tuvo una gran repercusión entre los lectores de su tiempo y su autora llegó a huir de tanta popularidad. Heidi refleja parte de la vida de su autora, Johanna Spyri, una mujer nacida en las montañas de Suiza que sufrió la añoranza de su pueblo cuando tuvo que trasladarse a vivir lejos de su hogar. 


Antes de proseguir, conoceremos antes a la autora del libro, Johanna Spyri.


Johanna Louise Heusser nació el 12 de junio en una pequeña aldea de los Alpes llamada Hirzel. Fue la cuarta de los seis hijos del médico local Johann Heusser y la poetisa Meta Sebweizer. Después de formarse en la escuela de Hirzel, cuando tenía catorce años, fue enviada a estudiar a Zúrich donde se instaló en casa de un familiar. 
Dos años más tarde se trasladó a un internado de la localidad de Yverdon, en el cantón francés de Suiza. Una vez licenciada, regresó a su hogar donde ayudó a su madre en la educación de sus hermanos pequeños. 
En aquellos años, Johanna disfrutaba de su pasión por la música, tocando el piano y el arpa; leía mucho y disfrutaba de la naturaleza que rodeaba su hogar. 
En 1852 conoció al que sería su marido, Bernard Spyri, estudiante de derecho amigo de uno de sus hermanos. Después de casarse, la pareja se trasladó a vivir a Zurich donde Bernard trabajaba como editor de un diario. Johanna no se adaptó a la nueva vida en la ciudad y cayó en una depresión de la que solamente consiguió salir cuando nació su único hijo, Bernhard, en 1855. 
Fue cuando Johanna había superado los cuarenta años, que empezó a escribir. Su primer libro, firmado como J.S. se publicó en 1871. Una hoja en la tumba de Vrony fue un libro editado para recaudar fondos para la Cruz Roja Internacional, que en aquellos años colaboraba para ayudar a los heridos en la guerra Franco-Prusiana. 
En aquella época oscura para Europa, Johanna empezó a entretener a su hijo relatándole historias de una niña inspiradas en sus propias experiencias de la infancia. Aquel fue el inicio de una larga lista de libros protagonizados por Heidi. El primero de todos se publicó en 1880.
1884 fue un año terrible para Johanna. En un breve periodo de tiempo su hijo y su marido fallecían dejándola sola a los cincuenta y siete años de edad. Johanna dejó su casa familiar y se trasladó a vivir a una más céntrica en la ciudad de Zúrich donde acogió a una sobrina suya. Intentó paliar su profunda tristeza volcándose en obras de caridad e imaginando historias infantiles para su sobrina como ya hiciera con su amado hijo. 
Las historias de Johanna Spyri tuvieron tanto éxito que ella misma se sintió agobiada de tanta fama e intentaba por todos los medios evitar hablar con los críticos y sus ávidos lectores. 
El 7 de julio de 1901 fallecía en Zúrich. Heidi la haría inmortal.
A continuación, realizaremos una descripción de la pequeña Heidi. Heidi es una niña nacida en Dörfli, una pequeña localidad de los Alpes suizos en la Comuna de Maienfeld, que queda huérfana de padre cuando tan sólo cuenta un año de edad. Su padre Tobías, carpintero, fallece a consecuencia de un accidente laboral cuando le cae encima una viga. Su madre, Adelaida, llamada como ella, moriría de pena pocos meses después. Heidi queda entonces bajo tutela de su abuela materna y su tía Dete. La primera fallece, y Heidi vive con su tía que trabaja en el balneario de Ragaz. Cuando la niña cuenta cinco años, a Dete le ofrecen un empleo como sirvienta en la ciudad alemana de Fráncfort, por lo que la entrega al cuidado de su abuelo paterno al que todos conocen como el Viejo de los Alpes y que vive recluido en una casa rural de los Alpes, apartado del contacto de la gente. La pequeña cambiará a mejor la vida del viejo y durante tres años vive feliz entre juegos y cabras y en compañía de su amigo Pedro. Dete regresa para llevarse a la niña a Fráncfort, donde ha conseguido que la contraten como señorita de compañía de Klara Sesemann, la hija de un acaudalado hombre de negocios, que vive postrada en una silla de ruedas. En la ciudad, Heidi sufre el acoso de la terrible institutriz Señorita Rottenmeier. Finalmente consigue retornar con su abuelo a Suiza, donde más adelante recibirá la visita de Klara.

Y para finalizar, os pasamos un fragmento del primer capítulo de la novela de Johanna Spyri, Heidi, la niña de los Alpes. 
CAPÍTULO 1. CAMINO DE LOS ALPES 
Desde el acogedor pueblo de Mayenfeld, atravesando verdes pra- dos, llenos de árboles, un sendero conduce hasta los pies de las montañas que, desde ese lado, miran altivas y serias hacia el valle. Allí donde el camino empieza a ascender, los pastos de fresca hier- ba y aromáticas plantas van saludando ya al viajero con su perfume, porque el empinado sendero lleva directamente a los Alpes.
Por ese estrecho camino subía una clara y soleada mañana del mes de junio una muchacha del valle, alta y de aspecto robusto, que llevaba de la mano a una niña de mejillas tan ardientes que ilu- minaban de rojo su tez morena. No era extraño, porque, a pesar del sol de junio, la niña iba tan abrigada como si tuviera que hacer frente a una dura nevada. La pequeña tendría apenas unos cinco años de edad, pero no podía verse su gura, porque llevaba pues- tos dos, cuando no tres vestidos, uno encima de otro, y cruzado so- bre ellos un gran pañuelo de algodón rojo, de manera que aquella personita parecía una gura sin forma que, metida en unos zapatos de montaña, provistos de clavos, se esforzaba por caminar montaña arriba toda acalorada. Debían de llevar una hora subiendo desde el valle cuando llegaron a la aldea situada a medio camino de la cima, a la que llaman «el pueblecito». Aquí las viajeras recibían saludos desde todas las casas, ya desde una ventana, ya desde una puerta y, en una ocasión, incluso desde el camino, porque la muchacha ha- bía llegado a su pueblo. Pero no se detuvo en ningún sitio, sino que devolvió todos los saludos y contestó a todas las preguntas al pasar, sin pararse, hasta que llegó a la última de aquellas casitas tan dispersas. Aquí le dijeron desde la puerta:
—Espera un momento, Dete, voy contigo si vas a seguir su- biendo.
La persona a la que se dirigía se detuvo, la niña se soltó ense- guida de su mano y se sentó en el suelo.
—¿Estás cansada, Heidi? —preguntó la acompañante.
—No, tengo calor —respondió la niña.
—Ya falta poco para llegar, sólo tienes que intentar dar pasos
más grandes, así llegaremos dentro de una hora —la animó su com- pañera de viaje.
Entonces salió de la casa una mujer gruesa, de aspecto bonda- doso, y se unió a ellas. La niña se había levantado y ahora caminaba detrás de las dos viejas conocidas, que rápidamente iniciaron una viva conversación sobre todos los habitantes del pueblecito y de las muchas casas que lo rodeaban.
—Pero, Dete, ¿adónde vas con la niña? —preguntó entonces la que se había sumado al grupo—. Seguro que es la niña de tu her- mana, la huérfana.
—Sí —respondió Dete—, la llevo a casa del Tío, se queda- rá allí.
—¿Cómo? ¿Que la niña se va a quedar con el Tío de los Al- pes? ¡Creo que no estás bien de la cabeza, Dete! ¿Cómo puedes ha- cer algo así? ¡Ya te echará de allí el viejo con esas cosas!
—No puede hacerlo, es su abuelo, tiene que hacer algo, has- ta ahora he tenido yo a la niña y te digo, Barbel, que no voy a per- der por ella un puesto como el que me ofrecen ahora, ahora le toca a su abuelo ocuparse de ella.
—Sí, si fuera como el resto de la gente, sí —se apresuró a a r- mar la pequeña Barbel—, pero ya lo conoces, ¿qué va a hacer él con una niña, y además tan pequeña? ¡No va a soportar estar con él! Pero ¿adónde te vas?
—A Frankfurt —dijo Dete—, allí me van a dar un puesto muy bueno. Los señores estuvieron el verano pasado en el balnea- rio; sus habitaciones estaban en mi pasillo y yo las atendí; ya enton- ces quisieron que me fuera con ellos, y ahora han vuelto y quieren llevarme otra vez, y yo también quiero irme, puedes estar segura.
—No me gustaría estar en el pellejo de la niña —dijo Barbel con un gesto de rechazo—. Nadie sabe cómo es ese viejo. No quie- re relacionarse con ninguna persona, se pasa los años sin poner un pie en la iglesia y, cuando baja a la aldea una vez al año con su grue- so bastón, todos se apartan porque le tienen miedo. Con esas espe- sas cejas grises y esa terrible barba parece un salvaje o un indio, así que uno se alegra de no encontrárselo nunca a solas.
—Me da igual —dijo Dete obstinada—, es su abuelo y tie- ne que cuidar de la niña, seguro que no le hará nada y es él quien tiene que hacerse cargo de ella, no yo.
—Sólo me gustaría saber —dijo Barbel inquisitiva—, con qué es con lo que el viejo carga en la conciencia para tener esa cara y vivir allí arriba, en los pastos, más solo que la una y no dejarse ni ver. Se dicen muchas cosas de él; seguro que tu hermana te conta- ría algo, ¿no, Dete?
—Claro, pero no digo nada, ¡buena me pondría si se enterara!
Pero Barbel llevaba mucho tiempo queriendo saber qué era lo que le pasaba al Tío de los Alpes para tener esa cara de tan pocos amigos y vivir allí arriba tan solo y por qué la gente hablaba de él sólo con medias palabras, como si tuvieran miedo de ponerse en su contra, pero no quisieran estar a su favor. Barbel tampoco sabía por qué todos lo llamaban el Tío de los Alpes, no podía ser el verdade- ro tío de todos los habitantes de la aldea, pero como todos llamaban así al viejo, ella también lo hacía y lo llamaba Tío, como decían en la comarca. Barbel había llegado a la aldea hacía poco, recién casada; antes vivía en Prättigau y por eso no conocía todas las historias ni a cada una de las personas que habían vivido y vivían en el puebleci- to y su comarca. Por el contrario, Dete, su buena amiga, había na- cido en la aldea y había vivido allí con su madre hasta hacía un año, cuando ésta había muerto y Dete se había trasladado al balneario de Ragaz, donde había encontrado un buen trabajo como sirvienta en el Gran Hotel. Esa misma mañana venía de Ragaz con la niña; has- ta Mayenfeld había podido ir en un carro de heno en el que un co- nocido regresaba a casa y las había llevado a las dos. Pero Barbel no quería dejar pasar sin aprovechar aquella buena ocasión de enterar- se de algo, así que cogió a Dete del brazo con toda con anza y dijo:
—Tú eres la que sabe la verdad y lo que la gente dice de él; creo que tú conoces toda la historia. Cuéntame un poco qué es lo que le pasa al viejo y si siempre le han tenido tanto miedo y si él siempre ha odiado tanto a la gente.
—Creo que no puedo decirte con precisión si siempre ha sido así; yo tengo veintiséis años y él tendría unos setenta, así que no lo he conocido de joven, no esperarás tal cosa. Pero si supiera que lue- go no se enteran en todo Prättigau te contaría un montón de histo- rias de él, mi madre era de Domleschg y él también.
—Pero, bueno, Dete, ¿qué te crees? —respondió Barbel un poco molesta—. La gente no cotillea tanto en Prättigau, y además yo sé callarme las cosas si es necesario. Cuéntamelo, no te arrepen- tirás.
—Bueno, te lo contaré, ¡pero tienes que mantener tu palabra! —le advirtió Dete.
Primero miró a su alrededor para ver si la niña no estaba de- masiado cerca como para escuchar todo lo que iba a decir; pero a la niña ni se la veía, ya debía de hacer tiempo que no seguía a las dos acompañantes, y éstas, en el celo de la conversación, no se habían dado ni cuenta. Dete se detuvo y miró por todas partes. El sendero no era siempre recto, pero casi se divisiba entero hasta el puebleci- to; sin embargo, no había nadie a la vista.
—Ya la veo —dijo Barbel—, ¿ves allí? —Y señaló con el índi- ce a un lado del sendero.
—Está subiendo por la ladera con Pedro el cabrero y sus ca- bras. ¿Y por qué lleva hoy a los animales tan tarde? Pero nos viene muy bien, él puede cuidar de la niña y tú contármelo todo mucho mejor.
—Pedro no tendrá que esforzarse mucho para cuidar de ella —dijo Dete—, no es nada tonta para tener cinco años, abre los ojos y ve lo que pasa, yo ya me he dado cuenta de eso, y le vendrá bien, porque el viejo no tiene más que sus dos cabras y la cabaña.
—¿Es que alguna vez ha tenido algo más? —preguntó Barbel.
—¿Que si ha tenido? Sí, creo que sí, que antaño tuvo más —se apresuró a contestar Dete—, una de las granjas más hermo- sas de Domleschg. Era el hijo mayor y tenía sólo un hermano, que era muy tranquilo y respetuoso. Pero el mayor se dedicaba sólo a ju- gar a ser el amo y a andar de un lado para otro con malas compa- ñías, a las que nadie conocía. Se jugó y se bebió la granja entera y, como suele ocurrir, su padre y su madre acabaron muriendo uno tras otro de puro disgusto, y el hermano, al que no le quedó más re- medio que mendigar, se marchó muerto de pena, nadie sabe adónde y el Tío mismo, como ya sólo le quedaba la mala reputación, desa- pareció también. Al principio nadie supo adónde había ido, luego se dijo que se había marchado de soldado a Nápoles, y luego no volvió a oírse nada más durante trece o catorce años. Después, de repente, apareció de nuevo en Domleschg con un niño ya crecidito, y trató de buscarle alojamiento entre sus parientes. Pero le cerraron todas las puertas y nadie quería saber nada de él. Esto le indignó mucho; dijo que no volvería a poner un pie en Domleschg y entonces se vino a vivir con el chico aquí, al pueblecito. La esposa debía de ser de los Grisones, la había conocido allí y la había perdido muy pron- to. Debía de tener algo de dinero porque hizo que el chico, Tobías, aprendiera el o cio de carpintero, y era un chico cabal y la gente del pueblecito lo quería mucho. Pero del viejo no se aba nadie; se de- cía también que había desertado en Nápoles, que, de lo contrario, habría acabado mal porque había matado a alguien, claro que no en la guerra, se entiende, sino a causa de algún mal negocio. Pero noso- tros lo tratábamos, porque la abuela de mi madre era hermana de su abuela. Por eso lo llamábamos Tío, y como nosotros prácticamente estamos emparentados con toda la gente del pueblecito por parte de padre, éstos también empezaron todos a llamarle Tío, y como tam- bién desde entonces vive allí arriba, en los Alpes, se quedó ya con lo de «el Tío de los Alpes».
—¿Y qué fue de Tobías? —preguntó Barbel curiosa.
—Espera un poco, ya llegará, no puedo contártelo todo de una vez —dijo Dete—. Pues Tobías fue a aprender el o cio en Mels, y tan pronto como acabó, regresó al pueblecito y se casó con mi her- mana Adelheid, porque siempre se habían gustado, y ya casados se- guían llevándose muy bien. Pero aquello no duró mucho. A los dos años, mientras ayudaba en la construcción de una casa, le cayó enci- ma una viga y lo mató. Y como lo llevaron a casa todo des gurado, del susto y de la pena le entraron a Adelheid unas ebres tan altas que no pudo recuperarse; no era muy fuerte y, de vez en cuando, le daban como unos ataques, y nadie sabía a ciencia cierta si estaba dormida o despierta. No habían pasado más que unas semanas des- de la muerte de Tobías cuando enterraron a Adelheid. Por todas par- tes la gente no paraba de hablar del triste destino de ambos, y en voz baja y en voz alta se decía que era el castigo que el Tío se había me- recido por lo impío de su vida, y se lo dijeron a él mismo, y también el señor cura trató de meterle en la cabeza que tenía que arrepentirse, pero lo único que hizo fue amargarse y aislarse más, y no volvió a hablar con nadie y, además, todos se apartaban de su camino. De repente empezó a decirse que el Tío se había marchado a los Alpes y que ya ni siquiera bajaba, y desde entonces está allí y vive sin paz ni con Dios ni con los hombres. Mi madre y yo nos llevamos a la niña de Adelheid, tenía un año. Como mi madre murió el verano pasado y yo tenía que ganar algo de dinero en el balneario, la cogí y la dejé en Pfä erserdorf al cuidado de la vieja Ursel. En invierno pude que- darme también en el balneario, pues tenía trabajo porque sé coser y hacer remiendos, y a principios de la primavera volvieron los señores de Frankfurt a los que había servido el año anterior y quieren llevar- me con ellos; nos marchamos pasado mañana, y el trabajo es bueno, eso te lo puedo asegurar.
—¿Y pretendes dejarle la niña al viejo? Me asombra que pien- ses así, Dete —dijo Barbel en tono de reproche.
—¿Qué quieres decir? —replicó Dete—. Yo he hecho todo lo que he podido por la niña y ¿qué iba a hacer ahora con ella? Creo que no puedo llevarme a Frankfurt a una niña que va a cumplir cin- co años. Pero ¿adónde vas, Barbel? Estamos ya a mitad de camino de los pastos.
—Ya casi he llegado adonde tengo que ir —repuso Barbel—; tengo que hablar con la cabrera, me hace algunos hilados en invier- no. Así que adiós, Dete, que tengas suerte.
Esperamos que os haya gustado la entrada.
Atentamente,
El Equipo de la Biblioteca.